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miércoles, 17 de julio de 2013

Capítulo 10: Dorado

Cuando salí del hospital, caminé por las calles desoladas  durante al menos tres horas hasta que llegué a mi bosque. Sí, encontraría a Dorado y le explicaría todo lo que había pasado. Ahora que podía comunicarse conmigo, sería todo más sencillo.
Llegué a la cueva y con los pies muy doloridos me senté en el musgo y apoyé la espalda en la fría y húmeda pared.
"Dorado, te estoy esperando", pensé.
Pero no apareció en todo el día. Qué raro. No le di mucha importancia porque estaba cansada y dolorida. Creo que el arañazo de Dylan me había herido, así que decidí ir a casa a curármela. Volví a deshacer el camino que había recorrido en busca de Dorado y llegué a casa. Mi madre me acogió en sus brazos y me besó en la cabeza.
- ¿Qué tal ha ido cariño?- Tenía un moratón en el brazo.
- ¿Otra vez, mamá? ¿Por qué ha sido hoy? ¿Por cambiarle los calcetines de cajón?
Soltó una risilla.
- No pasa nada cielo. Estoy bien. Date prisa, tu padre se acaba de ir con tu hermana a no sé qué hospital.
- Entonces, tengo como una hora para cenar.- De esa manera, conseguía evitarle y recibir menos palizas, aunque he de reconocer que desde que salía con Dylan mi padre no había vuelto a pegarme.
Cené rápido y me duché. Descubrí que tenía unas feas heridas en el costado a causa de las garras de Dylan. Garras. Entonces toda la información de aquel día se desbordó sobre mí y caí en la cuenta de todo. Dylan era un hombre lobo (Bueno, quizá tardé en darme cuenta, pero no quería reconocerlo. Prefería vivir en un mundo de color rosa). Por eso había cambiado tanto en el verano. Se había hecho más fuerte y alto por eso.Y la flor esa que le asustó... Me sequé rápido con la toalla y fui a mi habitación corriendo. Encendí el portátil y busqué fotos de flores azules: Acónito/Matalobos. Mis sospechas se hicieron realidad. Por eso había huido. El acónito era el veneno de los hombres lobo. Les mataba.
Entonces, los que mataron a Jane no eran lobos corrientes, seguro. Vale, debía encontrar a Dorado lo más rápido posible para informarle de mis hallazgos, aunque... ¿y si él ya lo sabía?
No perdí más tiempo y salí en su busca. Salí por la ventana y respiré el aire. Olía a mojado. Eso quería decir que dentro de nada iba a empezar a tronar y a llover a cántaros. Me apresuré y volví a ir a la cueva, pero como antes, Dorado no apareció. Ahí sí que me empecé a preocupar. ¿Y si le había pasado algo? La cueva seguía solitaria y húmeda, sin un solo atisbo de vida animal. Me desanimé y volví a regresar a casa debajo de una lluvia torrencial.

*


Tras varios días sin saber nada de Dorado, me harté de esperar a que apareciese por su propio pie, bueno en este caso, pata. Después de las clases, fui a casa, arrojé la mochila a través mi ventana y me fui corriendo al bosque.
Las hojas de los árboles se me enredaban en el pelo y cada dos por tres me tropezaba con alguna maldita raíz. El abrigo-manta que me llevé me vino de perlas porque empezó a refrescar y poco a poco me fui quedando sin luz. Miré hacia arriba y observé que el cielo estaba gris oscuro y cada vez se oían más truenos. Genial, otro día de lluvia. De repente, algo que creía haber tomado como trueno resultó ser un gruñido. Corrí hacia él, pero volví a tropezarme y me caí de bruces. Me golpeé la mandíbula, pero descubrí una flor de lo más interesante: acónito. Por si acaso, cogí unas cuantas y las guardé en el bolsillo del abrigo-manta.
Me levanté por enésima vez y fui directa al gruñido. Cuando desemboqué en el claro de un bosque pude divisar dos figuras: una con reflejos dorados y otra medio humana. ¡Era Dorado! Y... Dylan. Mi lobo estaba luchando contra Dylan, que se encontraba en medio de la metamorfosis. Tenía garras y colmillos, pero no llegaba a alcanzar la forma lobuna. Ambos estaban sangrando mucho y parecían exhaustos, pero Dylan sonreía maléficamente.
- ¿Qué te pasa? ¿Te han abandonado las fuerzas? Ja, ja, ja, sin ella no eres nadie.- Lanzó una tarascada a Dorado y el lobo cayó al suelo. Parecía derrotado.
- Y ahora, yo seré el Alfa.- Dylan alzó las garras y se las clavó en el vientre a Dorado. La sangre empezó a manar a raudales.
- ¡¡NOO!!- Grité corriendo hacia Dorado sin importarme nada más. Me arrodillé junto a él.
"Eve, corre, aléjate", me dijo Dorado mentalmente.
- No pienso abandonarte.- Le respondí.
- Oh, qué tierno. Bien, mataré dos pájaros de un tiro. Eve, muchísimas gracias por venir. Así podré acabar también contigo.
- No te comprendo, Dyl. Hace unos días eras totalmente diferente.- Velozmente me agarró del cuello con las manos manchadas de sangre y me empotró contra el suelo. Dorado se intentó levantar inútilmente del suelo.
- Mentía. Solo quería acercarme a ti.- Y me sonrió con aquellos enormes y afilados dientes.
Metí la mano en el bolsillo y rápidamente le eché las flores en la cara. Dylan se estrelló contra el suelo y la cara empezó a arderle. Salió corriendo del claro mientras maldecía a gritos.
- ¡¡VOLVERÉ!!
Fui a ver a Dorado inmediatamente. Sangraba mucho y empecé a marearme. La herida que me hizo Dylan no se curaba y me debilitaba mucho.
- Oh, Dorado. Sangras mucho.
"No pasa nada, ya estoy empezando a regenerarme. Una herida más y hubiese muerto. Gracias por venir".
Dejó apoyada la cabeza sobre la tierra húmeda. Después de lo que a mí me pareció una eternidad, me di cuenta de que Dorado ya no sangraba. La herida se había cerrado completamente.
- Uhm... Sé que quizá no es un buen momento, pero, ¿por qué no has venido durante estos días? Creía que te había pasado algo malo.
"Bueno, me dijiste que no me querías volver a ver". Respondió.
- ¡¿Qué?! ¿Cuándo dije yo eso?- Entonces una idea explotó en mi cabeza. Boom. El hospital, la conversación que tuve al llegar a la cuarta planta...-. No, no, no, ¡no! Dorado... ¿has sido tú durante todo este tiempo y no me has dicho nada?
"¡No podía! Está prohibido". Intentó incorporarse.
- Solo intentabas protegerme de Dylan... Durante todo este tiempo. En la fiesta, en el instituto... Oh Dios, soy idiota...- Me tapé la cara con las manos.
"Tranquila. Por lo menos, ya lo sabes...". Soltó un aullido lastimero y cerró los ojos. Su respiración se fue haciendo más agitada. Entonces, los ojos amarillos se tornaron azules. Un azul turquesa que te atrapaba al instante y te sumergía en ellos. Observé que poco a poco el pelo dorado se fue ocultando y al final solo quedó un chico de diecisiete años rubio que tenía un cuerpo de escándalo. ¿Eran así todos los hombres lobo? Guau. Le tendí mi abrigo ya que llevaba solo unos pantalones rajados.
- ¿De dónde han salido los panta...?
- No preguntes.- Respondió con una sonrisa que le iluminó la cara.
Todas sus heridas estaban casi curadas y ya tenía mejor aspecto. Unos duros abdominales se le marcaban debajo del pecho y los fuertes brazos aferraban bien el abrigo.
- ¿Estás sangrando?- Me preguntó Will. Se puso de rodillas
- Pues...- Me miré el costado y vi que mi camiseta se había manchado de un color carmesí. Me la levanté un poco y vi que la herida que me hizo Dylan se había infectado considerablemente.
- ¡Eve! ¿Cómo te has hecho eso?- Se incorporó de un salto y examinó la herida.
- Después de que te marchases el otro día en el hospital, Dylan perdió el control.
Me cogió de la muñeca delicadamente y me llevó a través del bosque hasta una parte del río en el que crecían unas plantas con hojas de color azul eléctrico.
Will arrancó una de ellas y me la puso encima de la herida. De pronto noté que el dolor retrocedía.
- Mucho mejor.- Dije.
Sonrió. Sus ojos azules emitieron un brillo.
- Te, te acaban de brillar los ojos, Will.
- Sí, lo sé. Estoy contento de que por fin sepas quién soy. Ha sido horroroso tener que ocultártelo todo durante todo este tiempo, y más cuando supe que en mi forma humana me odiabas por culpa de ese renegado...
- ¿Renegado?
- Dylan pertenece a una manada de lobos renegados. Te necesitan para hacerse invencibles porque no consiguen terminar de transformarse en lobos y su fuerza es menor a la nuestra.
- ¿A mí? ¿Por qué?
Suspiró.
- Porque eres el alma gemela de un Alfa.





LRA


jueves, 11 de julio de 2013

Capítulo 9: Adios

¡Hola lectores! ¡¡Por fin escribí la entrada!! 0s recomiendo, por si no recordáis detalles de la historia, que os volviéseis a mirar un poquito los capítulos y poder comprender mejor esta entrada. Si os acordáis de todo, ¡perfecto! Continuad leyendo.
Un besazo,
Laura.


No podía aguantarlo más. Tenía que cortar con él ya. Tenía que dejarme de vacilaciones e ir al grano de una vez.
Cogí la rebeca azul marina y me preparé psicológicamente para cortar definitivamente mi relación con Dylan. Menos mal que hoy era sábado y podía vagar libremente por las calles sin que me procupase faltar a clase.
- ¿A ciudad Monumento?- Me preguntó el conductor del autobús.
- Sí.- Me dio el billete y en seguida me senté en un asiento libre al lado de una señora mayor. Por lo menos me quedaba una hora de trayecto, sin contar con las paradas cada quince metros. Sí, se iba a hacer eterno, pero era el único medio que tenía para ir a visitar a mi novio (ya no por mucho tiempo).
Entretanto, la señora mayor empezó a hablarme:
- Se te ve preocupada. ¿Problemas personales?
- Pues sí, la verdad es que sí...- Y así, empecé a hablarle de todo lo que me había pasado desde que empecé el curso. Qué curioso, no la conocía de nada, pero me daba buenas vibraciones.
Cuando tuve que bajarme en la parada del hospital, me dio mucha pena tener que dejar de hablar con aquella mujer.
- Vivo en la calle Amapola, número 3. Lo digo por si alguna vez te apetece hablar.- Me sonrió Maya, que era como se llamaba la anciana.
Me despedí de ella con un movimiento de mano y me acerqué a la entrada del hospital con  rezago en mis pisadas.
Las puertas del hospital se abrieron con un ligero chirrido y yo me adentré en él. Olía a desinfectante y a latex.
Subí las escaleras con agilidad por no ir en el ascensor y encontrarme con algún enfermo. Nunca me habían gustado los hospitales. Siempre habían sido terroríficos para mí. Muchos enfermos con caras destrozadas de dolor y en muchas ocasiones, enfermedades incurables. Me ajusté mejor la bufanda y abrí la puerta que daba a la cuarta planta, donde se encontraba ingresado Dylan.
De repente, sentí algo frío en la nuca. Me giré en redondo y le vi. Will. ¿Qué demonios hacía Will en el hospital justo en la planta 4? Vale, esto era ya el colmo.
- ¿Qué leches haces aquí?- Le medio grité agarrándole de la chaqueta y llevándomelo hacia la esquina más cercana. Una enfermera pasó a nuestro lado portando un fichero médico. Nos fulminó con la mirada y se puso un dedo en los labios indicando que guardásemos silencio. Me sonrojé. Bueno, no era el momento idóneo para echarle la charla a Will, pero estaba un poquito bastante harta de él y su comportamiento.
- Pues... La verdad...- Empezó a murmurar.
- Mira, seré clara. Me has jodido bastante y estoy de ti hasta las narices - Ui, no quería ser tan dura, pero una ira incontenible se fue apoderando de mí-. Desde que apareciste con tus jueguecitos psicópatas me has destrozado la vida: has aporreado a Dylan sin motivo en más de una ocasión, me sacaste del baile, que era una ocasión que llevaba esperando A-Ñ-O-S, me ensuciaste el vestido y, ¡por tu culpa ahora mismo estoy a punto de romper con el único chico que me ha comprendido y no me ha tratado como si fuese basura!
Los pacientes nos miraron de repente. Había acorralado al chico y su espalda estaba pegada ya a la pared. Y yo me acercaba más y más a él peligrosamente con cara de perro rabioso. Dios, si me hubiese visto mi amiga Jane en aquel momento...
- Te equivocas.- Dijo solamente. ¿Qué? ¿Nada más? Ni alzamientos de voz ni miradas furiosas. Oh, nada de eso. Quería guerra.
- ¡¡NO TE QUIERO VOLVER A VER POR MI CAMINO!! ¿Entendido?
Cerró los ojos, asintió y de un empujón me apartó de él. Se fue caminando hacia el ascensor con las manos metidas en los bolsillos y desapareció tras las puertas metálicas.
Uf, qué desahogada me sentía. Bien, un problema menos. Ahora estaba el peliagudo tema de Dylan. Me acerqué sigilosamente a la puerta. Apoyé la mano en el pomo de la puerta cuando oí algo en el interior. Dylan estaba hablando con alguien. Sé que no debería haberlo hecho, pero la curiosidad es algo poderoso, así que apoyé la oreja en la puerta y escuché:
- Te he dicho que no sabe nada.- Dijo Dylan.
- Se te está acabando el tiempo y odio esperar y lo sabes de sobra. Me debes sumisión.
¿Sumisión? Dios, ni que estuviésemos en la Edad Media.
- Dame solo tres días más.
¿Drogas quizá?¿Pagos atrasados?¿Deudas? Seguí escuchando.
- Está bien. Tres días. Ni uno más. Por cierto, ¿cuánto tiempo piensas quedarte aquí? Ya estás completamente curado.
- Los que me den la gana. Al enfermero le tengo bien puesto, no te preocupes por eso.
Se hizo el silencio. La otra voz gruñó y dijo:
- Hay alguien ahí fuera.
Mierda, mierda. Me aparté rápidamente de la puerta y me senté precipitadamente en la silla de espera que había. Bien, así parecería que llevaba un rato esperando.
La puerta se abrió precipitadamente y un hombre con el pelo a rastas y bastante grandote salió de la habitación. Su descuidada barba y sus modales toscos no te decían realmente que pudieses confiar en él. Le sonreí con inocencia, me dirigió una mirada asesina y se fue rápidamente. Uf, por los pelos.
Entré en la habitación que olía a... ¿gato muerto? Por favor, ¿cómo se puede oler tan mal? Arrugué la nariz y cerré la puerta. Me dirigí directamente a las ventanas para ventilar un poco la habitación.
- Oh, Eve, qué grata sorpresa. Estaba pensando en ti ahora mismo.
- ¿Qué se ha muerto aquí, Dyl?
- Ohm... Lo siento, mi tío no es un gran fan del jabón...
Después de un buen rato de ventilación, ya podía volver a respirar con normalidad.
- Bueno, ¿qué tal te encuentras?- Quise saber.
- Bastante mejor, pero todavía no estoy curado del todo.- ERROR, pensé. Qué mentirosillo...
- ¿Y cuándo te dan el alta?
- No lo sé todavía. El enfermero me ha dicho que es mejor esperar a que todo sane tranquilamente, sin prisa alguna.
- Mira Dyl, voy a ser sincera contigo - le di la mano con cariño-, no he venido a preguntarte cuándo te darán el alta. Sé que va a ser duro, pero no puedo seguir mintiéndote, y lo que es peor, seguir mintiéndome.
- ¿Me estas dejando?- Dijo de pronto. Empecé a sentir presión en la mano.
- Lo, lo siento pero creo que es lo mejor para los dos dadas las circunstancias...- Pf, no estaba saliendo como yo quería. Para nada.
- No, no puedes dejarme.- Dijo en tono autoritario. Su respiración empezó a ser más y más fuerte.
- ¿Cómo que no? Te acabo de dejar Dyl. Suéltame. Ya.- Le dije levantándome de golpe. La silla se precipitó al suelo.
- No te vas a ir.- Dijo.
- Adios Dylan.- Se levantó de la cama como quien no quiere la cosa y sus ojos pasaron de ser marrón cálido a amarillo fluorescente. Maldición. Como la vez en la que casi ahogó a mi padre por haberme maltratado. Empecé a sentir miedo. La muñeca me ardía y empecé a sentir un dolor agudo.
Su cuerpo empezó a temblar y la camiseta blanca que llevaba se rasgó dejando entrever unos músculos muchísimo más hinchados de los que ya tenía. En el brazo apareció de repente un tatuaje como el de un dragón. Dylan empezó a convulsionarse y cuando me miró con aquella mirada loca, se había hecho mucho más alto y grande.
Entonces reaccioné y como si alguien me lo hubiese aconsejado, le propiné una patada en la rodilla para que perdiese el equilibrio y cuando estaba apoyado en el suelo, una patada lanzada en toda la cara. Escupió sangre. Me soltó de inmediato y me aparté de él temblando como un flan. Empezó a gruñir.
- Grrrr...- El corazón empezó a latirme descontroladamente en el pecho, pero lo peor de todo era que no podía moverme. Tenía el cuerpo paralizado.
Dylan alzó la mirada y unos enormes colmillos, que sustituyeron a los dientes normales, me sonrieron tras la afable cara del antiguo Dylan. Las manos se asemejaban ya  a garras.
Reprimí un grito.
- ¿Sorprendida, Eve?- Me dijo sonriendo. Se levantó como un rayo y se lanzó hacia mí con las garras extendidas.
Sí, esta vez sí que grité.
- ¡¡AGH!!- Me aparté rápidamente de su camino, pero un gran arañazo me rasgó la rebeca entera. Una risa gutural salió de la garganta de Dylan. Corrí hacia la puerta, pero algo me atrapó el pie y caí bruscamente sobre el frío suelo del hospital.
"Dorado, ayúdame", imploré. Una flor se desprendió de mi bufanda. Era azulada con tonos violáceos. En el momento en que la vio, Dylan se apartó corriendo de mí. Cogí la flor y me alcé ante él .Me miró con miedo. Estaba acurrucado en un rincón de la habitación. Le tenía un pánico terrible a aquella delicada flor violeta, así que la tiré al suelo y salí corriendo de aquel hospital lo más rápido posible.



LRA



miércoles, 10 de julio de 2013

De vuelta

Queridísimos lectores, siento profundamente haber estado ausente tanto tiempo, pero es que mi compañera y yo no nos encontrábamos inspiradas y con todo el lío del último año, pues nos ha sido imposible escribir.
Aprovecho la oportunidad para deciros que volvemos a retomar la historia (por lo menos yo je, je, je).
Así que estad atentos porque en pronto publicaré la siguiente entrada :)
¡Un besazo!


LRA

jueves, 3 de mayo de 2012

Capítulo 8: El Accidente

No, no, no. No podía ser. Cerré la tapa del móvil, que temblaba entre mis manos. La boca empezó a castañearme y el párpado empezó a temblarme ligeramente. Eché a correr para coger el primer autobús de la línea 1 que me llevase volando al hospital.
Dylan había sufrido un accidente de moto y se encontraba hospitalizado, al parecer con algunas heridas graves ocasionadas por el golpe. No solo la moto había caído encima de él, sino que además el depósito de gasolina empezó a arder y él se quemó la pierna y el brazo.
Después de media hora en el autobús, llegué a mi destino. Subí a la tercera planta y entré en la habitación con cuidado. Dylan estaba dormido en la cama, apenas cubrierto con una manta blanca y con el brazo vendado. Por debajo de ésta se podía divisar una mancha rojiza. "Pobrecito", pensé.
Me senté a su lado y le cojí una mano con dulzura. Empecé a recorrer las líneas de la palma con el dedo índice. Su mano era gigantesta, al igual que sus enormes dedos, pero el tacto de su piel con la mía me producía una sensación indescriptible. Era como tocar el fuego y el hielo a la vez.
Me quedé allí bastante tiempo, sin saber qué hacer, hasta que la mano de Dyl se cerró sobre la mía.
- Te has despertado.- Susurré.
- Sí, ¿qué ha pasado?- Me preguntó algo desconcertado.
- Has tenido un accidente de moto, pero tranquilo, estás... vivo.- Le sonreí.
- Oh, ya me acuerdo de todo. Iba a ir a tu casa a disculparme por lo idiota que fui contigo. No volverá a pasar, te lo prometo - Me dijo con cara de cordero degollado-. Recuerdo que sólo pensaba en ti, en tu cara de horror. No puedo permitir que pienses eso de mí. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida Eve, y... no te quiero perder. 
- Tranquilo, ahora descansa. - Le dije besándole la palma de la mano.
Se volvió a dormir y yo me sentí fatal por dentro. Ese mismo día había pensado en romper mi relación con él, pero dada la situación en la que me acababa de dejar, era incapaz de hacerlo.



* Dylan:

Pequeños fragmentos de imágenes iban pasando por mi cabeza. Todo lo que me había sucedido en aquel verano iba reconstruyéndose en mi cabeza poco a poco. Recordaba perfectamente a aquel hombre renegado. Recordaba su fría mirada y su tatuaje en el tobillo tan enigmático. Recordaba aquella noche, una de las peores de mi vida. La más dolorosa y horrorosa de todas las noches. 
Recuerdo cómo caí enfermo y estuve en cama durante al menos dos semanas. Lo recuerdo, lo recuerdo. Recuerdo mi misión.
De repente, otras imágenes pasaron por mi subconsciente: la de una chica hermosa. La más hermosa del mundo. Su pelo castaño le caía en hermosas cascadas sobre sus hombros desnudos. Sus ojos color aceituna desprendían un brillo jamás visto. Era la chica más hermosa que había podido contemplar. Lástima que fuese a acabar todo.
Otra imagen cruzó mi memoria en ese instante. Sangre, sudor, duda, temor, rabia, dolor, hambre...
Lo dejaría todo tal y como estaba. No cambiaría nada. No, era un buen plan.




LRA







Licencia de Creative Commons

sábado, 24 de marzo de 2012

Nuevo Blog

Hola queridos lectores. Me he creado un nuevo blog en el que empezaré una historia en solitario combinado con noticias sobre libros y otras cosas para manteneros informados. Por supuesto, no dejaré de escribir aquí, pero os brindo la oportunidad de poder echarle un vistazo. Os dejo la dirección:
http://mialmaaunllora.blogspot.com/

¡¡Espero que os guste!!




Laura Ramallo Aznar(LRA)
El amor, la vida y la lectura suponen una gran aventura.

sábado, 10 de marzo de 2012

Capítulo 7: El baile

La música sonaba hasta en los resquicios más ocultos del edificio. La gente se amontonaba en la pista de baile y los que no bailaban se situaban en la mesa del ponche. En las sillas de cuero desgastadas que había en la esquina derecha de la sala, unos pocos se aburrían allí sentados. Yo sonreía de oreja a oreja. Estaba muy contenta, pero a la vez inquieta si algo conseguía salir mal. Iba cogida del brazo de Dylan, que sonreía al igual que yo. 
Todos nos miraron con recelo cuando pusimos el pie dentro de la pista de baile. Mi vestido relucía como ninguno otro. El pelo suelto revoloteaba sobre mi espalda desnuda, y lo que más me gustaba era el colgante que Dyl me regaló hace unos días. Era precioso y brillaba como un diamante.
Empezó a sonar una música lenta y nos precipitamos hacia la zona de baile. Él me cogió de la cintura y me atrajo hacia sí con ternura. Su esmoquin era tan negro como la piedra de mi colgante, e iba tan guapo que las chicas de la fiesta no pudieron resistirse a echarle una ojeada. Empezamos a bailar al son de la música, muy pegados, mientras la luna iluminaba nuestras caras con su luz plateada. Al empezar a movernos me vino a la mente una sonrisa, unos ojos, un rostro. Se trataba de la risueña y amable Jane, la chica con la que compartí mi infancia. Fuimos grandes amigas, pero nos empezamos a distanciar hace algunos años, conforme me iba juntando más a Dylan, aquel chico delgaducho y enfermizo. No recuerdo ya qué fue lo que nos hizo enfadarnos, pero lo que sí estaba claro es que todavía quedaban restos del hilo que nos unió, hasta aquella noche en la que murió. Aquella noche calurosa en la que Jane decidió enfrentarse a sus peores temores, los lobos. 
Esa mañana de pleno verano en la que recibí un mensaje de móvil, un mensaje en el cual se leía: "Eve, he decidido enfrentarme a mis miedos. Cada noche oigo aullar a los lobos, y cada vez que los escucho, me produce escalofríos y un miedo indescriptible me recorre el alma. No puedo seguir así, por lo que esta noche decidiré acampar en el bosque hasta el amanecer. Así conseguiré enfrentarme a mis miedos. ¡Deséame suerte compañera!
Besos: Jane "
Cuando recibí la espantosa noticia en la que aparecía Jane muerta en el bosque, el corazón pareció estallarme de dolor. En ese mismo instante, me precipité a la calle para ir directamente al bosque y comprobarlo por mí misma. "No puede ser cierto", me dije. Cuando llegué y vi el cuerpo destrozado de mi amiga en el río, me caí de rodillas dejando las manos tendidas sobre la hojarasca. "No, no, no... ¡No! Esto debe de ser una pesadilla. Jane..." Empecé a llorar y cuando uno de los policías me divisó, fue a sacarme de allí. Aún no me lo creía. Su cuerpo había quedado deforme. Le faltaba un brazo y media pierna, el cuello lo tenía desgarrado y las ropas estaban empapadas de sangre sucia. Nadie supo darme una buena explicación a lo ocurrido. Solo supusieron que podría tratarse de lobos hambrientos, que la vieron en su territorio, y la atacaron.
 Ahora me parecía ya un recuerdo lejano.
- ¿En qué piensas? Te veo un poco distraída.- Me susurró al oído Dyl. Titubeé un poco al responder.
- Pensaba en Jane. ¿Te acuerdas de ella? Le encantaban los bailes, y siempre había soñado con venir a este acompañada del chico perfecto.
- Me acuerdo de ella. Pobre chica. Es la que apareció en el bosque, ¿no?
- Sí. Al parecer le atacaron unos lobos. En esta zona hay muchos de ellos hambrientos, y son muy peligrosos. Me estremezco solo de pensarlo.- Apoyé la cabeza sobre su hombro.
- Hay que tener mucho cuidado. Se podría decir que esta zona es... salvaje. Tranquila, yo te protegeré.- Se acercó a mi oreja y dijo en pequeños susurros-. Te protegeré como he hecho siempre. 
Sonreí y dejé que la música me llevase hacia los rincones más insospechados de mi mente. El techo de cristal transparente nos dejaba divisar el cielo nocturno lleno de pequeños puntitos luminosos. 
La música lenta dejó de sonar para dar paso al tecno, así que nos retiramos de la pista tranquilamente mientras otros bailaban como si tuviesen lombrices en el cuerpo.
- Tengo una sed que me muero.Voy a por algo de beber ¿Quieres que te traiga algo?- Preguntó Dylan.
- Vale, gracias. Mientras tanto yo iré al baño.- Le hice un gesto con la cabeza señalando los aseos. Él asintió con la cabeza y se dirigió a la mesa de bebidas refrescantes. 
Entre la multitud agobiante conseguí hacerme paso hasta llegar al baño. Abrí la puerta y una ráfaga de aire helado me recorrió de arriba a abajo. Observé a mi alrededor para localizar la fuente de esa corriente. Al momento me percaté de que una de las ventanas del aseo se encontraba abierta de par en par. Observé la luna llena con admiración. Estaba preciosa y esplendorosa. Tan llena que parecía que iba a reventar, tan brillante que parecía que te iba a cegar.
Me miré en el espejo con inquietud, pero todo ello se vio disipado cuando observé que iba muy guapa, y lo mejor de todo es que no estaba marcada por moratones. Mis verdes ojos brillaban de alegría y mi pelo suelto relucía. Siempre habíamos visto películas americanas en las que las chicas se arreglaban y vestían e iban a un gran baile. Éste era así. No americano, pero al estilo. 
Me lavé las manos con agua fría y jabón y me las sequé en el secador eléctrico. El ruido que hacía el cacharro no me hizo darme cuenta de que había alguien detrás de mí. Sentí algo húmedo en la cara instantes después que me hacía perder la consciencia. Intenté soltarme de aquel individuo, pero me fue imposible porque las fuerzas empezaban a flaquearme. Empezaba a dormirme por momentos, empezaba a asustarme de verdad. Las piernas me fallaron y caí al suelo mientras intentaba agarrarme a algo. Cloroformo, adiviné.
Los ojos se me cerraban y apenas era consciente de lo que pasaba. Lo último que vi antes de desmallarme fueron unos grandes ojos color turquesa. 



Me desperté en medio de sudores y aturdida. Miré a mi alrededor con preocupación y vi que me encontraba en un bosque, supongo que no muy lejos de la fiesta. ¿Qué haría allí? Me levanté del suelo con torpeza mientras se pasaban los efectos del medicamento. Mi vestido estaba sucio debido a la humedad del ambiente, y por la tierra humedecida del lugar. 
Cuando conseguí ponerme en pie, no podía creer lo que mis ojos contemplaban con estupor: ¡¡Fue William!!
Un odio amargo empezó a recorrerme las venas. Él me había secuestrado y traído al bosque. ¡Sabía que tenía algo oscuro en su interior! Lo intuje, pero pasé de ese sentimiento. Cómo fui tan tonta como para dejarlo correr... "Adiós a la manicura", pensé. Apreté los dientes con rabia y me lancé sobre él con agresividad. Le intenté arañar la cara. Él parecía no sentir nada. Solamente paraba con agilidad mis ataques. Cada vez que mis golpes eran repelidos, una chispa de fuego se encendía en mi corazón. Después de un rato, cuando mis fuerzas empezaban a flaquear, algo en mí explotó. Él me miraba indiferente, y eso no podía permitirlo.
Se distrajo unos instantes y le arrojé tierra a los ojos. ¡Por fin! Ya había perdido la concentración y ahora podría atacar con "normalidad". Repetí mis agresiones, y él no paraba de farfullar cosas ininteligibles. Se estaba agotando, pero yo no hacía más que recuperar energías.
- ¡¿Quieres parar ya?!- Me gritó.
- ¡¡Jamás!! ¡Te odio!- Le dije. Eso fue la gota que colmó el vaso. Me arrojó al suelo con fuerza y yo le escupí en la cara con asco. ¿Qué se creía? Me agarró de los hombros clavándome sus dedos en los huesos y sintiendo una profunda agonía me elevó del suelo y me apoyó contra el tronco de un árbol. La luna llena iluminaba nuestras caras.
- Mira, no te quiero hacer...- No llegó a terminar la frase. Sus ojos turquesa se clavaron en mi colgante y un brillo de miedo y sorpresa apareció en ellos. Entrecerró los ojos y tensó los músculos. Agarró la piedra turmalina negra y tiró de ella con fuerza. La cadena me rozó el cuello con dureza y a causa de ello, se me enrojeció, hasta llegó a brotar sangre. Will, con el colgante en mano, me dejó caer y lo lanzó con fuerza al suelo. Con tanta fuerza que lo rompió en dos. De ellas me pareció ver salir humo negro.
Instantes después, me sentía muy cansada y agotada. Todo el miedo, la rabia y el dolor se habían esfumado de repente. Solo sentía el cansancio. Quería irme a mi casa y dormir hasta que el mundo se acabase.
- ¡Eve!...- Se oyó en medio de la noche. Me sentí reconfortada al oír el eco de su voz en mi cabeza. Bueno, eso es lo que pensé en un primer momento. La verdad es que no estuve muy segura, pero me pareció oír una voz conocida, lejana, casi difusa. Unos segundos después apareció en mitad de la noche Dylan enfundando un cuchillo que relució en la penumbra. ¿Qué demonios hacía él con un cuchillo en mitad del bosque?
Los dos se miraron con un brillo asesino que revoloteaba en sus ojos y empezaron a pegarse con una brutalidad y rapidez increíbles, casi inhumanos. Veía de vez en cuando el brillo del cuchillo de mi novio. Eso era lo único que alcanzaba a ver. Después de oír durante un rato maldiciones y crujidos, decidí actuar. ¿Por qué era Dylan siempre el que me salvaba? Era una mujer fuerte y madura, así que no me lo pensé dos veces en cuanto vi caer a Dylan al suelo con un profundo corte en el pecho.
Le arrebaté el cuchillo a William, y empecé a lanzar "cuchillazos". Algunos ni siquiera le rozaron, pero la mayoría le hirieron. La furia me cegó y cuando me quise dar cuenta, él estaba acurrucado debajo de un árbol.  Le costaba respirar y el pelo lo tenía ensangrentado. Me detuve unos instantes con el cuchillo en mano. Si quería, podría acabar con él en ese mismo instante.
- Muy bien Eve, acaba con su maldita vida de una vez. ¡Mátale! - Percibí un cambio en el timbre de voz de Dylan. ¿Qué me estaba pasando? ¿En qué me he convertido? William me miró a los ojos suplicándome que no lo hiciese.
- No te reconozco.- Fue simplemente lo que dijo. Estaba confusa y me debatía entre el bien y el mal.
- Eve, ¿a qué esperas?- Gritó Dyl . Mi cabeza era un hervidero de pensamientos que no lograba ordenar. Cansada, tiré el cuchillo lo más lejos que pude y saqué el móvil del sujetador. Presioné los botones 112 y puse el auricular en mi oreja.
- Por favor, que venga una ambulancia al colegio Tylon High School. Hay un alumno herido en el bosque adjunto a él. - Cerré la conexión y me dirigí a Dylan.
- ¿Qué has hecho?- Farfulló.
- Que te quede claro. Le odio pero no soy una asesina, Dylan. - Contesté simplemente. Me di la vuelta y caminé hacia la salida de ese bosque. Quería irme a casa, dormir hasta que el mundo llegase a su fin y no ver a nadie. Ya no sabía si seguir confiando en Dylan. Se había mostrado muy agresivo, por no descartar que quería que yo sesgase una vida.
Caminé y caminé durante toda la noche hasta que llegué a una calle central muy ancha. Si continuaba bajándola y luego torcía a la derecha y continuaba todo recto, llegaría a casa, pero un deseo me llenaba por dentro: volver a ver a Dorado. Cambié de ruta y decidí ir por el bosque disfrutando de la soledad, de sus sonidos y de sus olores. Eso sí, olía un poco a quemado. Seguramente sería alguna pandilla que se aburría demasiado.
Llegué a la cueva y encontré una soledad indescriptible, anormal. No había rastro de nadie. Me llevé una gran decepción, y como si allguien hubiese oído mis pensamientos, empezó a tronar. Arrugué la nariz con desánimo y me adentré en la vacía cueva. Allí, en una de las frías paredes, me arrodillé y apoyé las castigadas rodillas en la desalentora arena mezclada con musgo. Resoplé y dejé resbalar mi torturado cuerpo en la oscuridad. Qué sola me sentía. Qué destrozada sentía mi vida. Qué, qué... pf, qué mierda me parecía todo. Metí la cabeza entre las piernas e intenté reflexionar y analizar todas las sensaciones que había experimentado a lo largo del día. Emoción y nerviosismo por la mañana, excitación por la tarde, alegría desbordante por la noche al entrar en el edificio, amor al bailar, confusión en el secuestro, rabia al ver a William, desconcierto al ver a Dylan con un cuchillo en medio del bosque, y por último, desolación, vacío al encontrarme sola y desamparada en medio de la oscuridad.
"Por fin a solas, Eve" Susurró algo en mi cabeza.
- ¿Quién anda ahí?- Grité a la oscuridad.
"Soy yo, Eve. Llevo esperando este momento dieciséis años..."

Ahogué un grito de sorpresa al ver en la cueva a mi lobo Dorado.


Laura Ramallo Aznar (LRA)

El amor, la vida y la lectura suponen una gran aventura. 



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lunes, 16 de enero de 2012

Disculpas

Queridos lectores:

Queremos disculparnos por nuestra tardanza en publicar nuevas entradas. Hemos tenido algunos problemillas técnicos, pero para recompensaros, publicaremos dentro de unos días tres nuevas emocionantes entradas sobre la historia de Eve.

Gracias por todo:                                                        



Laura y Paula

viernes, 30 de diciembre de 2011

Capítulo 4: Un día más

A la mañana siguiente, me desperté en una cama muy confortable, con sábanas de seda y una colcha muy suave. Los rayos de luz penetraron por la ventana y yo me dispuse a vestirme con el uniforme escolar. Estaba aún aturdida, cuando me di cuenta de que no sabía dónde estaba. Abrí la puerta y una habitación con grandes ventanas me deslumbró. Un sofá blanco con una televisión plana, paredes metálicas, luces modernas, cocina adosada con un fogón enorme... Me percaté de que Dylan estaba dormido en el sofá. Parecía un angelito. Había decidido cederme la cama. Me miré al espejo de cuerpo entero que tenía en el baño adosado para comprobar que mis heridas ya estaban en proceso de sanación. Efectivamente, ya estaban cerradas y me sentía estupendamente. 
Me puse mi rebeca y salí del apartamento dejando una nota en la que decía: "Dylan, muchas gracias por todo, pero he de irme. No puedo faltar al colegio dos días seguidos. Ya nos veremos. Chao: Eve"Creo que la nota no reflejaba verdaderamente el motivo por el que me iba, pero no me importó. Cogí el autobús y me fui de allí.
Entré en mi casa por la puerta de atrás, y resultó que no había nadie. Busqué a mi madre, pero no la encontré. Penetré en mi habitación y me puse el uniforme. Para terminar, me puse kilos de maquillaje en todo el cuerpo para que no se notasen los moratones. También me puse pintalabios para el labio roto. Me dirigí de nuevo a mi habitación solitaria y me fijé en que la sangre seguía presente en las paredes blancas. ¿Dónde se habrían metido todo el mundo? Cogí mi mochila y me fui a coger al autobús. Llegué al colegio a tiempo por poco ya que hubo bastante tráfico que nos impedía el paso. 



Las clases eran muy aburridas, sobre todo si no paraban de mirarte las heridas y repetir lo mismo por lo menos quince veces. Sonó el timbre del descanso y me apresuré a salir a comer mi chocolate ácido que tanto me gustaba. Mm... Estaba delicioso.
Alguien se acercó a mí por la espalda con sigilo y me di la vuelta rápidamente. Era Refina, la persona más odiosa que el mundo había conocido en años.
-Evetang, ¿qué haces? Estás en mi sitio del pasillo preferido. ¡Quítate!- Gritó.
-Vale, vale. No te enfades demasiado a ver si te van a salir más arrugas, bruja.-Se me ocurrió de repente.
-Ee... ¿Qué has dicho? No te he oído bien.-Replicó.
-Nada, no importa. Adiós.- Me escabullí de allí y seguí andando por el pasillo como si no hubiese pasado nada. Salí por la puerta principal y los alumnos de siempre estaban fumando a raudales. Tendrían que prohibirlo ya, porque cada vez que pasaba por allí, tosía un montón hasta el punto de asfixiarme. Pisé la fresca hierba y el viento revolvió mi cabello en pequeños bucles. Un chico fumador se acercó a mí y soltó una gran bocanada de humo que me hizo toser y toser. Me aparté de él sintiendo que me ahogaba hasta llegar a un pequeño sauce, en el que ya me encontraba mejor y decidí sentarme para disfrutar del día con tranquilidad. Iba a ponerme los cascos de música cuando me di cuenta de que no estaba sola. Allí, sentado junto a mí estaba aquel odioso chico rubio del primer día de colegio y el de la pelea que casi deja cao a Dyl. Le miré mejor. Tenía el semblante relajado y el pelo le caía sobre los ojos. Decidí ser amable con él aunque no se lo mereciese:
-Me encanta la brisa que corre entre los árboles. Es tan fresca ... Me llamo Eveling, pero prefiero que me llamen Eve. -Dije mirando al horizonte y después a él.
-Yo adoro el bosque. Hay millones de animales y millones de sonidos que escuchar. Un buen lugar para relajarse. Me llamo William, pero es mejor Will. -Respondió mirándome.
-Cuando tengo muchos problemas, lo que hago es cerrar los ojos y dejar que el viento me lleve a todos los lugares posibles. Sin guerras, sin personas malas, sin enfermedades, sin odio...
-Prefiero descansar en la hierba y dormir profundamente hasta que se haga de noche. Entonces, sueño lo más bonito del mundo. Sueño con ella.- No se inmutó ni dirigió la mirada a un punto concreto, así que no pude adivinar de quién se trataba.
-Vaya, pues te deseo lo mejor con ella. Por cierto, ¿quieres chocolate ácido?- Le ofrecí la cajita.

-Gracias. Mm... Está realmente bueno.

Así nos pasamos media hora, conversando de cosas sin importancia hasta que el timbre sonó de nuevo y Will me acompañó a la clase de Biología. Jamás hubiese pensado que hablar de esas pequeñas cositas me hiciese sentir tan bien. Nos despedimos y entré en la clase con resignación.







Laura Ramallo Aznar (LRA)
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domingo, 18 de diciembre de 2011

Capítulo 3: Furia

Las muñecas se me hincharon debido a la gran presión que ejercían las cuerdas. Se me desgarró la piel y la sangre empezó a brotar sigilosamente. Intenté morderlas, tirar de ellas, arañarlas con las uñas... Todo era inútil.
Lo poco que había conseguido dormir, fue en vano, pues ni con esas energías era capaz de arrancar esas malditas cuerdas. Odiaba a mi padre, odiaba a mi hermana, odiaba al mundo por dejar que tuviese un monstruo por padre. Me odiaba sobre todo a mí misma por haber... nacido.
Empecé a perder la consciencia poco a poco. La vista se me nublaba a causa del dolor y apenas podía distinguir la luz de mi mesilla. Solo veía un gran manchurrón amarillo.
De repente, una ráfaga de viento y olor a lluvia me recorrió. Gemí e intenté concentrarme en la figura que se dirigía hacia mí. "¿Dorado?" Pensé. No, no podía ser, pues andaba erguido y sobre dos patas. ¿Quién sería?
-¿Quién...?- Conseguí susurrar. Apenas podía hablar y solo salían unos pequeños gorgoteos de mi boca.
-Shh- Dijo ese alguien que se paseó por mi habitación hasta llegar a mi cama.
Me puso el dedo con delicadeza en los labios y entonces sentí un gran torrente de emociones: el miedo, la alegría, alivio, sueño, esperanza, ilusión...
Intenté abrir más los ojos y enfocar la vista, pero me era imposible, solo veía formas borrosas. Un aroma conocido y familiar me llegó y pude decir:
-¿Dyl... an?- Pregunté y nadie respondió. Apenas podía respirar, y sentía que me ahogaba. ¿Qué pasaba? Mi corazón empezó a palpitar cada vez más rápido, como un tren.
Empecé a temblar de frío y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
-Feliz cumpleaños, Eveling. -Dijo una extraña voz en mi cabeza que apenas pude recordar.
Entonces, la sombra difusa (a mis ojos), me dio un beso en la frente y todos mis males desaparecieron de golpe. Pude recobrar el sentido poco a poco, y cuando conseguí ver con claridad, no había nadie en la habitación. Intenté incorporarme y cerciorarme de que ninguna persona se hayaba en mi habitación, pero no pude porque las cuerdas me agarraban a la cama. Las miré con asco, y me di cuenta de que la piel no la tenía ensangrentada, solo unas marcas rojizas debido a la irritación de la piel.
Miré el reloj con atención y vi que eran las 3 y media de la madrugada: mi hora de nacimiento.

*

Abrieron la puerta con una gran estruendo mientras yo me despertaba bruscamente. Mi padre se dirigía hacia mí echando humos.
- ¡¿No te dije que nada de chicos?!- Me dio el primer bofetón. Gemí y unas lágrimas resbalaron por mis mejillas.- Está bien, tú lo has querido. Eres la pero hija del mundo. Te escapas, me evitas, apenas me hablas, y ahora encima, para colmo, haces que un chico te venga a recoger. ¡Un chico!
-¡Y tú eres el peor padre del mundo! ¡No haces más que tratarme como a un perro!¡ Me maltratas todos los días y a mis profesores les digo que todos los días tropiezo con algo! ¡¡¡Te odio por haber convertido mi vida en un infierno todos los días!!! - Le grité rabiosa.
En ese momento, mi padre empezó a ponerse rojo de furia, las sienes se le marcaron tanto que parecían dos grandes serpientes a punto de atacar, la frente se le arrugó y entornó los ojos. Fue entonces cuando deseé con todas mis fuerzas no haber pronunciado esas palabras jamás.
Tiró de las cuerdas bruscamente mientras la sangre empezaba a brotar de nuevo.
Me levantó con crueldad de la desordenada cama y me empujó contra la pared. Allí, me dio un puñetazo que me partió el labio. Emití un pequeño sonido y me derrumbé en el suelo.
Mi padre me agarró de la fina bata que llevaba y me dio otro puñetazo en la mandíbula.
Como antes volví a caerme al suelo, pero esta vez, en vez de levantarme, se apoyó sobre mí y con todas sus fuerzas, convirtió su mano en un puño y lo dirigió contra mi pecho. El siguiente, a mi tripa.
Me encontraba muy dolorida, y apenas era consciente de lo que pasaba a causa del dolor. Si quería hacer algo antes de desmayarme tenía que ser ahora. Ahora era el momento.
Iba a levantarme con las pocas fuerzas que albergaba mi cuerpo, cuando, en pie, mi padre me acribilló a patadas contra una esquina de la habitación. Las paredes empezaron a mancharse de rojo y yo apenas podía respirar de los fuertes golpes en el pecho. Me retorcía de dolor y me ardía la garganta.
Proferí un grito desgarrador.

*

-Bueno, ¿tienes novia?- Insinuó Lucy tocándose el pelo seductoramente.
-No.-Respondió Dylan solamente en el marco de la puerta de entrada.
-Mm... ¿Y te mola mi estúpida hermana?- Lucy empezó a mascar un chicle de fresa.
-Ejem... yo...- Se puso colorado a la vez que apoyaba su trabajado brazo en el poyete.
-Ya, es una mema. Parece muy inocente y eso, pero es una perra. ¿Sabías que se escapa por las noches para verse con su amante secreto? Creo que deberías pasar de ella y fijarte en otras más...jóvenes. - Y se miró a ella misma.
-Bueno, ¿puedo pasar?- Levantó la ceja con los brazos cruzados.
-Si, claro. ¿Vamos a mi habitación? Tengo prendas muy sexis.- Lucy sacó pecho.
-Em...- Consiguió decir Dylan.- Mejor me siento en el sofá y espero, ¿vale?
Lucy le agarró del brazo y le condujo a la sala de estar. En el camino, se escuchó un grito de Eve.
Dylan se puso tenso y calculó de dónde podría provenir aquel grito. Salió corriendo en dirección de la habitación de la muchacha con una furia incontenible.

*

Creo que si me quedaba algún hueso sano en mi cuerpo, lo bautizaría como "Superviviente al ataque".
Me sentía molida, y lo único que había conseguido con pegar ese grito fue que a mi padre se le incrementase la furia. Me cogió del pelo y me arrastró a lo largo de la habitación. Cuando acabé en la esquina opuesta, él me cogió del cuello con ambas manos y apretó hasta que me empecé a poner morada. Cuando eso ocurrió, conseguí zafarlo de mí a base de innumerables arañazos con las uñas y de morderle. Me agarró la cabeza y me dio un golpe contra la pared. No sabía ni cómo no me había muerto ya después de aquello. Para rematarlo, me empujó y tropecé al suelo. Giré la cabeza despacio, para ver que se disponía a dar su golpe definitivo, el más mortal de todos. Lo sé por experiencia, de las cuantiosas palizas que había recibido ya a lo largo de mi vida. Por lo menos, estaba contenta porque mi sufrimiento iba a cesar, y encarcelarían a mi padre por matarme y por maltratar a mi pobre madre.
Unas milésimas de segundo después, algo agarró el brazo de mi padre, deteniendo así su ataque. Dylan. Le hizo darse la vuelta para mirarlo a los ojos. Lo cogió de la camisa y lo estampó contra la pared. Yo me quedé tirada en el suelo. Dyl agarró del cuello a mi padre y le levantó con sorprendente agilidad.
-Como vuelvas a tocarla, te juro que te mato.- Le amenazó. Como la otra vez que le vi enfurecido, las venas se le hincharon y los brazos parecía que le iban a estallar. Le soltó de golpe y le dejó tendido en el suelo.
Luego, se dirigió a mí con unos ojos amarillos encedidos por la furia y el desastre y me acarició el cabello levantándome la cabeza con cuidado. Apartó el pelo sudoroso de mi frente y comprobó con alivio que respiraba. Después, con preocupación, empezó a tocarme para ver si tenía alguna costilla fracturada, pero resultaron ser solamente grandes moratones y lesiones leves.
Me cogió en brazos y permitió que apoyase la cabeza en su pecho. Avanzó hacia la puerta dirigiéndole una mirada asesina a mi padre, que se estremeció.
-Vámonos de aquí Eve.- Me susurró a la oído con cariño.
Poco después, sabiendo que estaba segura en sus brazos, me desmayé.


"Eve, por favor despierta, hazlo por mí. Pronto estaremos juntos, pero dame algo de tiempo para que arregle todo. Por favor, despierta..." Oí en mi cabeza antes de sentir algo húmedo sobre mis labios.
Dylan me estaba humedeciendo los labios para sanar la herida. También me mojó los brazos, las piernas, la tripa...
-D...yl...a...- No podía decir apenas nada.
-Shh.- Dijo poniéndome el dedo en los labios. Un recuerdo de esta pasada noche vino a mi memoria y deduje que el que entró en mi habitación fue él. Sonreí.
Me incorporé con su ayuda y vi que nos encontrábamos en mi lugar favorito,un lago a kilómetros de mi infierno. El agua lucía cristalina y los numerosos árboles que nos rodeaban cantaban melodiosas canciones. Cuando estuve sentada, miré a mi amigo y me eché encima de él. Le rodeé el cuello con mis brazos y apoyé la cabeza entre su mandíbula masculina y su clavícula. Allí me desahogué sollozando un buen rato.
-Eh, no llores. Ven, vamos a darnos un chapuzón. - Me rodeó la cintura y se levantó con entusiasmo. Se quitó la ajustada camiseta con algunos restos de sangre y me miró con esos ojos cálidos.
Me quedé anonadada al ver su atlético cuerpo y sus abdominales bien marcados.
Cogí la mano que me tendió y me agarré a él para no caerme. Toqué su tersa y bronceada piel y me quedé completamente estupefacta ante su belleza. Fui introduciendo mi cuerpo en las cálidas aguas a la vez que él. Me quedé flotando boca arriba, mientras que Dylan me sujetaba de la espalda y bailábamos en el agua al son del viento. Estuvimos allí durante horas, hasta que rompí el hielo:
-Dylan, ¿cómo se te ocurrió venir a mi habitación? ¿Y por qué tenías los ojos amarillos?
-Bueno, me permití el lujo de venir a recogerte y acompañarte al colegio. Creí que ser un caballero contigo era lo más importante, así que lo hice. Cuando llegué a tu casa, la puerta la abrió tu padre, seguido de él tu hermana. Le expliqué lo que estaba haciendo allí y se enfureció tanto porque te fuese a buscar que se fue. No le di demasiada importancia a aquello pues creí que fue a avisarte. Entonces, entré, tú emitiste un grito y fui a ver lo que pasaba, porque no me lo perdonaría si te pasase algo. Luego está el hecho de que tu hermana empezó a filtrear conmigo, y yo no sabía qué decirle, porque estoy enamorado de otra chica.
-Mm... Qué bonito.- Dije apenada. Había llegado tarde, y seguro que ya estaba saliendo con otra que fuese... no sé, más delgada, o rubia, o con más tetas... Iba a preguntarle de nuevo sobre sus ojos amarillos, pero se empezó a reír de una forma muy masculina y me distraje completamente.
-Eve, eres tú.- ¿Qué? ¿Me estaba diciendo que estaba enamorado de mí? ¿De mí?- Llevo enamorado de ti desde...Yo qué sé... Hace ya bastante de ello. Eras la única que querías mi amistad y me respetabas. Claro que cuando éramos más pequeños no pensaba en ello. Pero estoy enamorado de ti hasta las trancas.
-Yo... yo...- No sabía qué contestarle. Bueno, la respuesta era fácil en mi cabeza, pero decirla costaba un montón-. Pf... No sé qué decir, pero la respuesta es... es...
Nuestras frentes estaban pegadas y las narices se rozaban con elegancia. Apenas unos centímetros separaban mis labios de los de Dylan y el pulso empezó a acelerarse.
Cuando me quise dar cuenta, mis labios estaban pegados a los de él y nuestras esencias se fusionaron.
- Feliz cumpleaños, Eve.- Se separó un momento y yo lo atraje hacia mí.
Una brisa cálida se deslizó por mi interior y mis brazos rodearon la cabeza de Dylan, revolviendo así mis dedos entre sus negros cabellos.
Cerré los ojos y disfruté del momento con pasión.








Laura Ramallo Aznar (LRA)
El amor, la vida y la lectura suponen una gran aventura.




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viernes, 2 de diciembre de 2011

Capítulo 1: Eveling

Vio su cuerpo por primera vez aquel frío día de septiembre de madrugada. Asomó su pata entre los abundantes arbustos y su caliente aliento se condensó lentamente en el aire. Espesas gotitas impregnaban los anchos ventanales de la casa inundados de una cálida luz.
Observó a la pareja con su nuevo miembro. Se les veía felices porque una espléndida sonrisa cubría sus deslumbrantes caras mientras abrazaban al bebé ambos. El hombre se fue de la sala dejando a la mujer sola mientras ésta acunaba cariñosamente a la criatura. "¿Qué hago aquí?" Se preguntó el lobo. Al parecer había sentido un gran impulso animal que lo llevó a esa casa.
Iba a desaparecer lentamente de allí, pero algo se lo impidió. En aquel preciso instante, vio la cara del bebé, una hermosa niña de ojos aceituna que lo miraba curiosamente. Entonces, el mundo cambió para él, pues la protegería hasta el fin del mundo, daría su vida por ella, la haría feliz, estaría allí en los momentos difíciles, la comprendería... "¿Qué me está ocurriendo?" Se dijo. La respuesta fue fácil: Se había imprimado de ella.


Me llamo Eveling Hawk Margaret, y vivo en Western. Soy una chica que va al instituto Tylon High School, el más aburrido, discriminante, y jerarquizado de todos los colegios del mundo.
Me levanté de la cama con resignación y, como todos los días, miraría el calendario para contar los días que me quedaban para cumplir los dieciséis: tres días.
Hoy empezábamos el instituto y habría nueva gente que no conocía. Dylan y yo (mi mejor amigo) siempre intentábamos que alguno se uniese a nuestro "grupo", pero creo que desprendíamos algún perfume que decía: ¡peligro, peligro! ¡El rarito y la margi!...
Mi amigo Dylan era moreno, bajillo, con voz de pito y muy, muy delgado(pareciéndose incluso a un esqueleto andante). Era, además, muy descontrolado, pero gracioso y buen amigo.
Yo... bueno, soy alta, castaña y con ojos color aceituna. No tengo nada de especial, salvo que mi piel es bastante blanca y mis labios rojizos y carnosos. Lo dicho, nada especial.
Me dirigí al cuarto de baño y allí me aseé tranquilamente. Cuarto de hora más tarde bajaba a desayunar con mis padres y me iba al instituto con rapidez para no llegar tarde como siempre.
Las puertas permanecían cerradas mientras yo llegaba después de un largo viaje en bus. Los alumnos se amontonaban al rededor del portón desgastado de color cobrizo. Llegué puntual por una vez, pero no vi a mi compañero. Fue raro, porque lo que él más odiaba en el mundo era llegar tarde.
Me adentré entre la multitud y atisbé a un chico bajo de la misma estatura que mi amigo. Me dirigí hacia él con presura, deseando volver a hablarle después de todo un verano eterno, pero no resultó ser él.
De pronto, mi mirada se vio atraída por unos grandes ojos color turquesa. Me miraban fijamente, y yo no podía desplazar la vista. Algo me atrapaba en sus redes, un mar infinito para perderte, y solo un barco al que aferrarte. Seguí mirándole con curiosidad, cuerpo perfecto y proporcionado, brazos fuertes, pelo soleado...
Entonces, una voz grave me sacó de aquella laguna de aturdimiento, y me llevó a la realidad. Se trataba de un chico con una media melena caoba, muy alto y grande. Con unos músculos impresionantes, y una camiseta muy, pero que muy ajustada. Unos labios perfilados, gorditos y sensuales, en combinación con unos grandes ojos color marrón. Hice un análisis rápidamente de su físico, tratando de recordar quién era, (pues me resultaba familiar) pero no podía llegar a reconocerlo.
-Eve, ¿qué tal el verano?-Solo me llamaba así mi familia y... Dylan.
-¿Dylan? ¿E...res tú?- Pregunté con dificultad. Al parecer, ahora no solo tartamudeaba con los chicos guapos, sino también con mi mejor amigo, ay que ver...
-Sí... Vaya. Osea, que pasas tres meses sin verme y ya no te acuerdas de mí...Pff, pues si no me reconoces ni tú, ahora a ver quién me reconoce.
-Lo siento, es que... No sé por dónde empezar. Eh, es normal que no te haya reconocido -dije con enfado.-, porque no eres el de hace tres meses. ¿No lo recuerdas? Eras bajo, DELGADO...
Se empezó a reír de una manera que me incomodó mucho y me crucé de brazos. Por lo visto, ya no era el mismo Dylan que yo había conocido hace años. ¿Qué le habría pasado para cambiar tanto?
Recuerdo que una vez, un chico de nuestra clase, atraído por una chica, empezó a hacer pesas durante el verano. Al empezar el curso se le veía más corpulento, pero no llegaba ni por asomo, al estado de Dyl. ¿Cómo era posible?
-¿Qué te has hecho? Estás muy... diferente.
-Sí, bueno, es una larga historia - Soltó una carcajada-. Entonces eso significa, que te gusto. Te preocupas por mí y por mi salud. Además estoy como un queso.
Empecé a reirme ante sus ocurriencias y me revolvió el pelo cariñosamente. Antes apenas podía alcanzarme pues él era el bajito, ahora, era al contrario. Qué injusto... Y yo que me había peinado.
Abrieron el portón con gran estruendo y los alumnos empezaron a hacer un gran tapón en la entrada. Apenas era accesible y yo rezaba por que ninguno demasiado grande se acercase a mí. Vaya, creo que si no lo hubiese pensado, ahora mismo no se acercaría Refina con su GRAN novio Hupe. Cuando digo lo de GRAN, es que era enorme, pero ahora, no sé si Dylan sería capaz de...
-Mira a quién tenemos aquí...- Exclamó Refina.- Pero si Evetang está con el nuevo. Vaya, como no ha venido la morralla de tu amigo Dolan, intentas ligarte al pobre indefenso de...- Examinó descaradamente con la mirada a mi amigo.
-Me llamo Dylan, y ella Eveling. No soy el nuevo, soy...¿cómo has dicho que me llamabas? Morralla.
Se puso colorada al ver que aquel chico era el compañero de clase al que había intentado seducir. Aquel esqueleto al que todo el mundo repugnaba.

*

Me tumbé boca arriba en la cama, cansada del duro día, y observé con atención mi techo azul con motitas moradas. Como por instinto, al instante supe que él estaba allí ya.
Afuera, la lluvia cubría con un espeso manto las copas de los árboles y empantanaba el suelo. A pesar de ello, me puse de nuevo la ropa y las botas. En cuanto todo el mundo estuvo dormido, me aseguré de llevarme las llaves de casa, un chubasquero, y una chuche ácida que le encantaba a Dorado. Además, me llevé una linterna impermeable.
Abrí la puerta girando el picaporte con cuidado y me adentré en los raudales de lluvia hasta llegar a una zona de densos árboles en los que la lluvia no me alcanzaba.
Llegué a mi destino a los cinco minutos de haber salido por la puerta de atrás, y me encontré un cálido fuego recibiéndome. Penetré en la cueva y me acerqué a las llamas. No había rastro de nadie. Entonces, empecé a preocuparme: "¿Y si le ha ocurrido algo?", ¿Y si hoy no ha venido?". Pero todos esos pensamientos fueron disueltos en el instante en el que Dorado entró por la cueva con agilidad y estilo. Fui a abrazarlo como a un muñeco de peluche mientras le susurraba palabras de alegría en la oreja.
El lobo se sentó sobre las patas traseras y se agitó para liberar las pequeñas partículas de agua de su dorado pelaje. 
Como cada día durante los últimos 14 años (con dos apenas era consciente de que mi lobo no era de peluche), me dispuse a contarle todo lo que me había ocurrido en el día:
- Hoy ha sido mi primer día en el instituto después de las vacaciones -Le di la chuche que se tragó al instante. Era nuestra preferida: chocolate ácido.-. Ha sido un poco duro, porque apenas te había visto... Cuánto te he echado me menos. Bueno, ¿te acuerdas de Dylan? Pues ahora está totalmente cambiado. Es alto, guapo, atractivo... Pff... En fin, no creo que tarde en irse con otra.- Dorado hizo un gesto de furia.- ¿Qué te pasa? ¿No te cae bien Dylan?- Negó con el hocico.- Bueno, pues yo creo que está en su mejor etapa, y hay que aprovecharla, porque si no, otras se aprovecharán y yo tengo la sartén cogida por el mango, nunca mejor dicho.
Dorado era un lobo muy grande que venía todas las noches, aunque nevase, a verme. Si yo no podía salir de casa, le observaba solamente desde mi ventana y con eso era suficiente.
-También, creo que hay un chico nuevo. Es así alto con ojos turquesa en los que me he quedado... embobada diría yo. Es rubio pero me da que solo quiere tema y yo paso de esos chicos. Además, parece un insensato y un salido, pero lo que no consigo quitarme de la cabeza son esos ojos.- Le empecé a explicar con detalles. Mi lobo parecía que tenía expresiones humanas, y la que puso en ese momento, fue como la de levantar una ceja. Sonreí.
Estuvimos así durante al menos una hora, y ya consideré que debía volver a casa, así que me subí a su lomo y en un santiamén me llevó a mi hogar.
Metí la llave en la cerradura y le di un beso volado al lobo. Era el mejor, mejor, mejor de los amigos.(A excepción de Dylan, que él era.... otra cosa)
Giré el picaporte de la puerta, y miré con espanto la cara de mi padre frente a mí. Me habían pillado.



Laura Ramallo (LRA)

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