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viernes, 9 de marzo de 2012

Capítulo 6: De Compras

Pasaban las semanas, y Dylan y yo seguíamos juntos. Era lo normal en una pareja de novios, pero yo pensaba que, a lo peor, Dylan sólo me consideraba un lío de un día, pero no, me quería de verdad y seguía conmigo. A medida que pasaba el tiempo, no podía estar ni un día sin verle, sin besarle. Sus besos se habían convertido en una droga para mí y, lo malo, era que me había vuelto adicta a ellos.
Al principio nos veíamos a escondidas y los únicos que eran presentes de nuestro amor eran los animales del bosque. Pero luego, nos dimos cuenta de que era una tontería privarnos de nuestros besos a los ojos de los demás, y todo el colegio se enteró de nuestra relación. Para las chicas era normal que a mí me gustara Dylan ya que, por ahora, era uno de los chicos más guapos del instituto. Pero estaba segura, de que se preguntarían que veía Dylan en mí que no tenía ellas. Yo misma me lo preguntaba, por qué me había elegido a mí, y al no hallar respuesta decidí olvidarlo y simplemente disfrutar.
Lo pasábamos realmente bien, íbamos al cine, me llevaba en su moto o en su coche, comíamos o cenábamos juntos, dábamos paseos por el bosque y hasta en ocasiones dormíamos juntos. Esto era lo que más me gustaba, pues en la cama, me confortaba sentirlo a mi espalda, como si así, estando él allí, me pudiera proteger de mis pesadillas, y lo conseguía, pues cuando me despertaba sobresaltada, él me abrazaba y me tranquilizaba. Y siempre, en todas las ocasiones había besos, en los que nos abandonábamos el uno en el otro, en el que disfrutábamos del momento como si fuera único.
Y así pasábamos los meses, juntos y felices.
También había felicidad en el ambiente, porque a medida que pasaba el tiempo se acercaba el día de "El Gran Baile de Navidad", el evento más esperado después de las vacaciones de verano. Se celebraba en el gimnasio del instituto. Ponían una pista de baile con una buena música. También había espacios para quien no quería bailar, allí era donde yo solía estar. Pero eso no era lo más especial del baile. Lo especial era, que el chico invitaba a la chica al baile y las parejas de novios se convertían, en el baile, en parejas oficiales. Yo esperaba con ansia que Dylan me invitara a ir al baile con él, pero ese día no llegaba. Cuando empecé a desesperarme, y a preguntarme si debía pedírselo yo a él, Dyl me invitó a ir al baile con él. Sucedió en mi casa, lugar al que íbamos a menudo. El primer día que vino Dylan a mi casa, le presenté oficialmente a mi familia, y se quedó a cenar con nosotros. Creo que fue el día más tenso de mi vida. Estaba alerta porque pensaba que mi padre me iba a soltar un bofetón en cualquier momento, y que mi hermana iba a soltar una bobada por su boca, pero para mi suerte, mi padre no levantó sus ojos del plato y mi hermana no le perdió de vista a Dylan y parecía que se le iba a caer la baba de un momento a otro. A partir de aquel día, Dylan venía a mi casa a menudo, y al final mis padres le cogieron cariño, es más, estaban encantados que Dylan viniera a casa y mi hermana era, yo creo, la que más disfrutaba de que Dylan viniera a casa.
El día que me invitó a ir al baile, Dylan vino a comer a mi casa. Comimos pasta de primero y de segundo, filetes. Cuando acabamos de comer, subimos juntos a mi cuarto y nos pusimos a hacer los deberes. Al poco rato, Dylan se cansó de hacer los deberes y se tumbó en mi cama. Me di la vuelta en la silla y le miré desaprobadoramente.
- Así suspenderás y los profesores te regañarán.
- Me da igual suspender si estás tú conmigo.-cuando me decía esas frases tan sinceras, se me ponía la carne de gallina.
- ¿Y si te lo pido yo?- se acercó junto a mí y se sentó en la silla. Me miró a los ojos y me susurró.
- Entonces, si me lo pides tú, haré lo que sea.
- Bésame.- Cerré los ojos y sentí como se acercaba a mí y me besaba. Dylan se apartó de mí y me miró sonriendo.
- Mejor nos ponemos a hacer los deberes, porque como venga tu madre, seguro que se enfada.Ja, ja , ja, ja.
- ¡Qué tonto eres! Ja, ja, ja- me levanté y esta vez me tiré yo en la cama- pues ahora soy yo la que no quiere hacer deberes, ja, ja, ja.
-Pues no voy a ser yo el que te lo va a impedir.- dijo tumbándose en la cama junto a mí y atrayéndome hacia a él. Después de estar besándonos un buen rato, nos alejamos uno del otro.
- Me da que ya está bien por hoy- le dije intentando recuperar la respiración.
- No, todavía queda una sorpresa.- y dicho esto, saltó de la cama, me cogió por la cintura, me alzó en volandas y me posó suavemente en el suelo. Hizo una reverencia cómica, y tuve que reprimir mis ganas de reír.
- Eveling Hawk Margaret, ¿quieres venir al baile conmigo?
- Si, ja, ja, ja- dije cogiendo de mi falda y haciendo una reverencia, al estilo de la princesas. Dylan me miró y empezó a reírse y yo ya no pude reprimir mis risas. Se acercó a mí y me dio un abrazo.
- Te prometo que va a ser un baile inolvidable.









- ¿Y este?¿Te gusta?- dije saliendo del vestidor y girando sobre mí misma.
- Me gustaba más el otro- dijo Dylan alzando la cabeza de su móvil. Estaba sentado en los bancos de delante del vestidor. Estábamos en el centro comercial, comprando mi vestido y zapatos para el baile y Dylan se había ofrecido a acompañarme. Yo le había dicho que si veía mi vestido antes del baile, no habría emoción, pero él me dijo que le iba a impresionar igualmente fuera como fuese, y ante ese tipo de frases no le podía decir que no. Así que allí estábamos, eligiendo mi vestido para el baile, y la elección era muy, muy difícil.
- ¿Y qué tal este?¿Me queda bien?
- A mí este no me gusta, por el vuelo de la falda, es muy feo- dijo haciendo una mueca. No íbamos a salir de allí nunca. Habíamos mirado en varias tiendas, pero en ninguna nos gustaban los vestidos. Mi madre me había dicho que no me preocupara por el precio, que me lo pagaban ellos y el peinado me lo hacía mi madre que era peluquera. En una tienda habíamos encontrado un bolso precioso, pequeño, con purpurina, de color azul oscuro. También habíamos encontrado unos zapatos sencillos pero preciosos de color azul oscuro. Eran para llevar los dedos del pie al aire y se ataban al tobillo, con una cremallera. La parte del empeine estaba unido mediante una piedra preciosa plateada. Los zapatos tenían un tacón bonito y adecuado para mi altura. Pero el vestido no había manera de elegirlo.....
- ¿Este?¿Qué tal?- dije por enésima vez. Dyl no me estaba mirando. Miraba hacia un estante de la tienda. Se volvió hacia a mí ilusionado.
- Espera aquí, Eve.- y dicho esto se fue del probador. Me miré al espejo, nada me iba a quedar bien. Suspiré y empecé a probarme otro vestido. No llegaba a la cremallera de la espalda, así que salí para pedirle a Dylan que me la subiera. Él estaba fuera, y me sonreía de medio lado. Llevaba algo a la espalda.
- Ya está, este vestido te va a encantar- dijo mientras me lo enseñaba. La verdad es que era precioso. Era azul oscuro, como lo necesitaba, no tenía tirantes, era ceñido al tronco y a partir de la cintura quedaba holgado. Tenía la parte de arriba con purpurina, como el bolso, y el vuelo de la cintura brillaba. Sencillo y bonito, justo lo que quería. Me metí dentro con el vestido y me lo probé. Me quedaba perfecto. Cuando me lo probé me di cuenta de dos cosas: que la espalda me quedaba desnuda y que el vestido me quedaba perfecto.






Estaba en el baño, sentada frente al espejo. Mi madre estaba detrás peinándome. Ya me había puesto el vestido y me había maquillado. Llevaba un gloss rosa claro, colorete, una raya de ojos, una sombra de color azul celeste y un rímel que me hacía las pestañas larguísimas. Tenía hecha la manicura francesa en las uñas de los pies y de la manos. Miré a mi madre.
- Ya está. Te ha quedado precioso.- y así era. El pelo me quedaba suelto, a tirabuzones por la espalda, y tenía varios recogidos, con pizas brillantes, que me apartaban el pelo de la cara. Parecía brillar entera. Mi madre me dio la vuelta, me sonrió y me abrazó.
- Pásatelo bien- en ese momento sonó el timbre, seguramente sería Dylan. Cogí mi bolso, me pusé el colgante que me regaló Dylan, y bajé a toda prisa. Abrí la puerta, y allí estaba él, radiante como un sol. Me miró de arriba abajo y me sonrió de oreja a oreja.
- Estás increíble, princesa- él sí que estaba genial. Su pelo marrón relucía y resaltaba con su esmoquín negro. Y lo más alucinante eran sus ojos marrones, que brillaban con luz propia. Me tendió la mano, que cogí rápidamente. Me acompañó al coche, abrió la puerta y me metí. Se metió en el asiento del conductor, y se quedó mirándome.
- Realmente, estas preciosa- dijo inclinándose para besarme. Acepté su beso, felizmente.
- Bueno, ponte cómoda y nos vamos.- intente repirar, y relajarme. El coche se puso en marcha y nos fuimos hacia el instituto.



Paula Pulido Egea (25)






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lunes, 6 de febrero de 2012

Capítulo 5: Relación

Cuando sonó la campana, respiré aliviada. Estaba deseando volver a mi casa y tumbarme en mi cama. Estaba en mi taquilla esperando a Dylan, pero como no venía y además no se le veía por ningún lado, decidí irme yo sola a casa ¡qué se le iba a hacer!
Cuando salí por la puerta del colegio allí estaba él, esperándome, con una sonrisa en la cara.
-Ven conmigo Eve, quiero enseñarte una cosa- dijo Dyl- seguro que te va a  encantar.
Nos metimos en su coche y puso la radio. Cuando arrancó y nos dispusimos a marcharnos tuve la extraña sensación de que alguien me observaba. Miré a todos lados pero no vi a nadie, así que me encogí de hombros y me relajé en el cómodo asiento del coche.
Íbamos por una carretera con baches llena de grava y tierra. Miré por la ventanilla y vi, a lo lejos las copas de los árboles, entonces supuse que me iba a llevar al bosque. Cometía un error, porque si alguien me quería dar una sorpresa, jamás, de ninguna manera debería llevarme al bosque, porque no había nadie que lo conociera tan bien como yo.
- Dyl – le dije de la mejor manera que pude, ya que no quería estropear sus buenas intenciones- creo que no me vas a poder dar una sorpresa. Ya sé dónde vamos.
- ¿En serio?- me dijo mirándome con una sonrisa irónica.
- Si, vamos a alguna parte del bosque, y yo me  conozco el bosque como la palma de mi mano.
- No creo que conozcas al lugar a donde vamos. Confía en mí, sé lo que me digo.
No le pregunté más, así que estuvimos callados el resto del trayecto. Cuando nos internamos en la espesura por un caminito, me asusté. Vale, era Dylan, mi amigo de toda la vida, no me iba a hacer nada, pero había cambiado tanto….
Como si me leyese el pensamiento dijo:
- Tranquila Eve, no te voy a hacer nada. Así que relájate y deja de retorcerte las manos, te las vas a arrancar.
Me miré las manos, las tenía enrojecidas. Casi sin darme cuenta me había empezado poner nerviosa.
Le miré suplicante.
-Ya está, ya hemos llegado. Pero ahora te tienes que tapar los ojos. Es una sorpresa- La sonrisa que me dirigió me tranquilizó tanto que me puse la venda que me ofrecía en la cara. Esperé un rato, hasta que me abrió la puerta y me cogió de las manos para ayudarme a bajar. Me puso sus manos en mis hombros y me empezó a empujar suavemente guiándome por el bosque. De repente se paró y sentí sus labios rozando mi oreja:
- Ahora, si estás preparada, puedes quitarte la venda.
Y es lo que hice, me desaté el nudo y dejé que la venda se cayera al suelo. Me quedé muda de asombro. Giré sobre mí misma para observar toda la belleza de aquel lugar. Obviamente no había estado allí nunca, porque si no me acordaría.
Había un lago precioso, en él había cisnes y patos nadando. Del lago salía un río que se perdía de vista a lo lejos.  Estábamos en la parte izquierda del lago, en la que todo era bosque. Justo enfrente había un claro con el césped muy verde adornado de flores preciosas. Lo extraño era que las flores que había eran atemporales. Era como si miraras un cuadro de un paisaje al que le faltara el cielo. Algo raro te saltaba a la vista. Pero lo más bonito de aquel lugar era, sin duda, la cascada. Era una inmensa cortina de agua que al caer al lago provocaba chispas de aguas, que mojaban el césped. Un gran arco iris, en el que se discernían perfectamente todos los colores, atravesaba le cascada como un cuchillo te podía atravesar la piel.
- ¿Te gusta? – me dijo Dylan con la mirada iluminada por la ilusión.
- Sí, me encanta.
-Ven, voy a enseñarte otra cosa- me cogió de la mano y me condujo por un caminito hasta una especie de entrada a una cueva. La entrada estaba cubierta de helechos que impedían ver lo que había dentro. Dylan me cogió las manos y me las puso delicadamente encima de los ojos.
- No vale mirar hasta que te diga ¿eh?
Asentí con la cabeza.
Me empujó suavemente hacia dentro de la cueva. Sentí como los helechos me rozaban la cara como si fueran manos que me acariciaban.
- Ya puedes mirar- abrí los ojos y me volvía a quedar muda por segunda vez. Estábamos en una especie de cueva… ¡en el interior de la cascada! El suelo estaba recubierto por pétalos de rosa y en el medio había un cojín en forma de corazón precioso.
- ¿Has echo tú todo esto? ¿Para mí?
- Si…. –dijo poniéndose colorado como un tomate – es que como no pude regalarte nada por tu cumpleaños, te lo regalo ahora. El cojín es para ti, pero encima de él hay otro regalo.
Me acerqué par cogerlo. Abrí el envoltorio con mucho cuidado y lo sostuve entre mis manos. Era un colgante precioso, de plata y con la silueta de la cabeza de un lobo aullando a la luna. El lobo tenía por ojo una piedra preciosa, turmalina negra, supuse. Me quedé embobada mirando la belleza de la piedra.
- Trae, que te lo pongo- me dijo Dylan acercándose a mi. Cogió el colgante y se puso a mi espalda. Me retiró el pelo hacia delante. Pasó las manos alrededor de mi cuello y me abrochó el colgante al cuello. Me cogió de los hombros y me dio la vuelta para que mi rostro se quedara frente al suyo. Puso su mano en mi barbilla y me levantó ligeramente la cara. Clavé mis ojos en los suyos y paseé mi mirada por su rostro grabando en mi mente sus perfectas y preciosas facciones: sus labios perfilados y carnosos, sus ojos marrones, su pelo, que le caía a mechones por la frente y el cuello.
- ¿Lo ves? Te queda precioso- pero ni siquiera miré el colgante para ver como me quedaba. No podía dejar de observarle. Vi como se inclinaba para besarme y me quedé congelada. Cuando su boca encontró la mía y sus labios rozaron los míos, algo se desató en mi interior, un deseo insospechado, una pasión enorme. Al principio, tuve miedo pero luego me dejé llevar por ese deseo y le besé con pasión. Me rodeó la cintura con sus fuertes brazos y yo le puse mis manos en su fuerte cuello. Me apretó con fuerza y ahogué un gritito. Intenté respirar pero no pude, por miedo a quedarme sin respiración  me separé de él delicadamente y me quedé mirándole. Estaba aún más guapo que antes: las mejillas arreboladas, los ojos oscurecidos y los labios rojos. Apoyé mi cabeza en su ancho hombro, deseando que todo aquello no fuera un sueño, y en cualquier momento fuera a desaparecer. Escuché cómo su corazón, al compás de su respiración se iban calmando. Se separó de mí, y vi como se quitaba la camiseta dejando al descubierto su bronceado cuerpo, sus pectorales y sus abdominales.
- Ven, Eve, vamos a darnos un baño- me dijo cogiéndome de la mano y tirando de mí en dirección de la cascada. De repente se paró en seco- A no ser que quieras quitarte tú también al camiseta- me dijo mirándome y alzando una ceja a modo de interés.
- ¡Qué estúpido eres, Dyl!- me acerqué a él y le empujé contra la cascada haciendo que la atravesara. Yo le seguí, cruzando la cascada. Al pasar por debajo de ella, cerré los ojos para disfrutar del momento y percibir todas las sensaciones que sentí: la presión del agua en mi cabeza y en todo mi cuerpo, como si cada gota de agua pudiera colarse por mi piel, como si la cascada fuera el paso de un mundo a otro totalmente distinto, como si el agua se abriera a mi paso, para dejarme disfrutar de la vista del exterior: la luz y el viento, y Dyl. Estaba inclinado en la orilla del lago, y de repente, sin previo aviso, se tiró al agua. Me acerqué corriendo, y al ver que no salía, me asusté.
-Dyl… Dyl… ¡Dyl!- grité al agua muda. De repente, la cabeza de Dyl salió del agua, empapada, con todo el pelo pegado a su cara.
- Me has dado un susto de muerte- empecé a decir, pero Dyl se acercó a mi cara y me cogió con sus mano heladas mis hombros. Acercó sus labios a los míos, y antes de que pudiera si quiera rozarlos, tiró de mí hacia el agua, haciendo que me metiera en el lago.
Sentí como si todo se hubiera parado, no se oía ningún sonido, ni se veía nada. Salí a la superficie y de repente todo se abalanzó sobre mí, vi todos los colores a la vez, escuché todos los sonidos a la vez mezclados con la risa de Dyl, que estaba a mi lado.
- No vale- le dije - has hecho trampa.
- Ja, ja, ja… ¿de verdad quieres que haga trampas? Vale, tú lo has querido- dijo poniendo tan rápido las manos en mi cabeza, que no vi venir la ahogadilla que me hizo. Estuvimos haciéndonos ahogadillas y cosquillas mucho tiempo. Deseé poder coger todo aquel aire puro que había en el ambiente y guardarlo en un frasquito, para abrirlo después en la ciudad contaminada.
Me di la vuelta y vi a Dylan mirándome con esos ojos que tanto me gustaban. Me acerqué nadando y me cogí a él como si fuera mi flotador salvavidas.
- ¿Qué? ¿Te ha gustado?
- Sí, me ha encantado….-dije mientras le retiraba los mechones de pelo empapados que estaban pegados en su frente- yo también tengo algo para ti.
-¿Ah, si? ¿Qué?
Me acerqué y posé delicadamente mis labios en los suyos. Al principio le noté tenso a mi lado. Pero, poco a poco, se fue ablandando y pasó sus brazos alrededor de mi cintura.
Yo le rodeé el cuello con mis brazos y puse mis manos en su cabeza. Empezamos a besarnos cada vez más apasionadamente. Le despegué el pelo que estaba apelmazado en su cabeza y empecé a enredarme las manos entre sus mechones. Noté cómo él pasaba las manos por toda la espalda y los costados acariciándome delicadamente todo el cuerpo. Disfruté aquel momento como si fuera único e irrepetible. Nos apretábamos con tanta fuerza que parecía que íbamos a fusionarnos en un único ser, y eso, creo yo, era lo que los dos queríamos.
Se separó de mí delicadamente, para observarme de cerca, con sus ojos penetrantes. 
- Te quiero tanto...-murmuró. Y de verdad me debía de querer, ya que Dylan no era de los que expresaran sus sentimientos fácilmente.
-No me dejes nunca- le dije pasando mis piernas alrededor de su cintura, como si de alguna manera así me asegurarar de que nunca se iría de mi lado.
- ¿Crees que podría vivir sin ti? Porque yo creo que no.
Puse mi cara encima de su hombro y respire el olor tan familiar de su pelo.

-Escúchame..-dijo susurrándome al oído- nunca te voy a abandonar, porque si me fuera y te dejara aquí sola se me partiría el corazón. Nunca, y escúchame bien, nunca te voy a dejar sola. 

Paula Pulido Egea (25)


(Foto de Laura)



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Amor Oscuro a la luz de la Luna

domingo, 11 de diciembre de 2011

Capítulo 2: La pelea

-¿Dónde estabas?-me gritó mi padre-Tu hermana vino asustada a mi habitación diciéndome que no estabas y cuando fui a tu habitación,¡tu cama estaba vacía !
Miré a mi hermana que se refugiaba detrás de mi padre como un angelito, me sonrió con una mirada de suficiencia.Sabía que mi hermana lo había hecho aposta ,todo lo que estaba en su mano para fastidiarme lo hacía, así era ella. Detrás de mi hermana, a una cierta distancia, estaba mi madre con la cabeza gacha.Sabía de sobra que ella  no iba a salir en mi defensa por su propio bien y la entendía.
-¡Que contestes!-chilló mi padre, y a continuación me dio un bofetón.Me llevé la mano a la mejilla dolorida y alcé la mirada.
-Me...me..he ido a dar una vuelta...
-Eso es mentira- dijo mi hermana.
-¡Dime la verdad!-dijo mi padre después de darme otro bofetón.
-Ya lo he dicho -dije aguantando las lágrimas-he ido a dar una vuelta,lo juro...
-No es la primera vez que se va, se ha estado yendo todas las noches, justo a la misma hora-dijo mi hermana.Si estuviéramos a solas ya la habría estrangulado.
Después de varias bofetadas más y varios gritos de mi padre, me fui a la habitación y me metí a la cama.
Al cabo de un rato vino mi madre, como siempre, a consolarme. Estuvo acariciándome la cara y echándome pomada en mi cara hinchada hasta que me quedé dormida.



Al día siguiente tenía la cara amoratada, y para disimularlo me eché bastante maquillaje. Después de estar aseada y vestida, me fui al cole sin desayunar, para así no tener que ver la cara de mi padre y la de mi hermana.
Cuando llegué al colegio la gente no se dio cuenta de mis moratones; los profesores, que eran solo un poco más inteligentes que los alumnos,me preguntaban lo que me había pasado, pero con decirles que me había caído por las escaleras les bastaba. Al que no pude engañar fue a Dylan, me conocía bien para saber lo que me había pasado pues había ocurrido más veces. Nada más verme me dijo:
- ¿Esta vez por qué ha sido ?
-Por escaparme por la noche de mi casa-dije yo, bajando la cabeza- lo bueno es que han sido menos que la otra vez.
-Ah, sí, me acuerdo-dijo él en un susurro.
Fue cuando éramos más pequeños, salíamos del colegio y había llovido. Dylan me acompañó a casa. Íbamos jugando cuando me caí en un charco de barro y me empapé entera de suciedad y agua. Al llegar a casa mi padre pensó que me había rebozado por el suelo y mi hermana le apoyó. Mi padre me dio tantas bofetadas que no pude ir al colegio durante dos días.
De recordarlo se me humedecieron los ojos.
-Eh, Eve, no llores- me dijo con una voz baja, levantándome la barbilla. Me miró con aquellos ojos marrones que conocía muy bien.-ven aquí- me dijo rodeándome con sus musculosos brazos.
 En aquel momento me sentí como si a mi alrededor hubiera un huracán pero yo, rodeada de aquellos brazos, estaba segura de todo mal. Me dejé abrazar y le devolví el abrazo, hundí la cabeza en su hombro y allí lloré hasta que me desahogué.


El día estaba pasando sin ninguna novedad, excepto por aquel extraño presentimiento de que alguien me observaba constantemente. Me sentía muy incómoda.
Cuando estábamos en el comedor, no pude aguantar más y se lo dije a Dyl.
-¿Sabes?, noto que alguien no para de mirarme.
-Si claro, eso es lo que quieres tú, que te miren. Ja, ja, ja...-dijo Dylan con la burla pintada en la cara.
Le miré seriamente y paró de reírse.
-Vale... ¿Sabes?, puede ser aquel chico que está detrás de mí. He visto que no te quitaba ojo de encima.
Me asomé por encima del hombro de Dylan y le vi. Por casi escupo el agua que tenía en la boca a la cara de Dylan, de la sorpresa que me llevé.
Era el chico de pelo soleado. El que tenía esos hermosos ojos que te atrapaban.Eso me hubiera pasado si Dylan no hubiese estado allí para sacarme de aquel estado de shock.
-Ejem....Eve..¿le conoces?
-Em... No, no lo conozco, aunque ya le había visto antes, creo.
Dylan se dio la vuelta y se quedó observando a aquel chico. De repente se puso rígido en su asiento, y las venas del cuello se le hincharon tanto que parecían que le iban a estallar. Le puse la mano en el hombro para que se relajara y le pregunté:
-Dyl, ¿estás bien?
-Si...si, estoy bien- dijo dándose la vuelta y relajándose un poco. Me inquieté, pues todavía estaba tenso- no me pasa nada.
-¿Seguro?....
-Si, si seguro-dijo él bruscamente apartándome la mano de su hombro.
-Eh, tranquilo.
Se levantó y se fue del comedor.


Había un gran alboroto en el pasillo. Había gente que gritaba y salía corriendo, otros, por el contrario, se quedaban mirando y animando como si estuvieran en pleno espectáculo de boxeo. Odiaba las peleas, pero algo me hizo acercarme a ver más de cerca aquella discusión.
Cuando me acerqué, me quedé horrorizada. Dylan estaba de pie, furioso. Tenía la camiseta rota y llena de sangre que le goteaba a raudales de la nariz. La cara estaba llena de sudor y presentaba un montón de heridas. Los nudillos estaban rojos, y los puños, apretados, se disponían a golpear a otro chico. Miré al otro lado, y ahí estaba él, aquel chico misterioso de ojos azul turquesa que parecía que me observaba en todo momento. Tenía la camiseta abierta y rota, dejando ver sus músculos marcados, los botones de la camisa estaban por el suelo. Tenía el labio roto y una brecha en la ceja. Estaba también con los puños al aire, dispuesto a pegar a Dylan.
Me quedé paralizada sin saber que hacer, sólo cuando Dylan se dispuso a pegar un puñetazo en el estómago al otro chico, empecé a  reaccionar. Me interpuse en medio de los dos, aun sabiendo que podía salir perjudicada. Puse mis manos en los hombros de Dylan y hice que me mirara, yo le miré intensamente a los ojos. Al principio parecía perdido, pero poco a poco me devolvió la mirada y la furia que antes había en ella se suavizó.
-¿Pero qué pasa, te has vuelto loco ?-le chillé.
-Yo...lo siento- parecía abatido de verdad.
-Ven, vamos a quitarte toda la sangre y a mirarte esa nariz. Tiene una pinta muy mala-le dije dulcemente.
La gente pareció protestar. Les había quitado el entretenimiento.
Cuando Dylan y yo nos íbamos, miré atrás y vi que aquel chico seguía de pie allí. Me dio lástima por él ya que nadie se estaba preocupando por él. Se dio media vuelta y se marchó.
En la enfermería, mientras la enfermera revisaba la radiografía de la nariz de Dylan, le pregunté:
-¿Por qué ha sido?
-La verdad no me acuerdo, creo que se metió conmigo. Eso, sumado a que no te quitaba ojo de encima, era ya el colmo. Así que, le pegé. La verdad, tenía unas ganas tremendas de atizarle, y cuando lo hice me quedé muy  a gusto. Pero una vez que empecé no pude parar.
- ¿Le pegaste por qué no paraba de mirarme?- pregunté anonadada.
-Si.. bueno- dijo tímidamente- nunca permitiría que te pasara nada y ese chico te miraba de una forma....
La enfermera entró en la sala con las radiografías.
-A ver Dylan, tienes desviado el tabique de la nariz, por lo demás no tienes más que heridas y rasguños.

Miré hacia la ventana, afuera llovía y la ventana estaba empañada, aún así podía ver bien lo que había al otro lado de la ventana. Estaba en mi cama, atada a ella por orden de mi padre. Él no iba a consentir que me volviera a escapar. Había intentado desatarme las muñecas y los pies, pero al final desistí. Empecé a llorar silenciosamente por todo lo que mi padre, apoyada por mi hermana, me había hecho sufrir. Mi llanto fue interrumpido por un leve golpeteo en la ventana, giré la cabeza en dirección a la ventana, y allí estaba él, observándome desde mi ventana. Agitó su pelaje dorado, salpicando gotitas de agua en la ventana ya empapada. Me miró con unos ojos tristes y yo le devolví la mirada. Con esa mirada nos dijimos todo. Aún así se quedó allí, empapándose, hasta que me dormí, velando por mí, como hacía siempre.


Paula Pulido Egea (25)

(Foto de Laura)



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